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El Arrepentimiento

 

1. Principio

Creemos que por la influencia de la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo, el ser humano llega al reconocimiento de su condición perdida. Salmos 32:1-5; 51:3, 4; Juan 16:7,8.

“El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado, y abandono del mismo. …

“Pero cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y la tierra. ...

“No renunciamos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad. Mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en nuestra vida.” El Camino a Cristo, 23, 24. Ver 2 Corintios 7:10.

No podemos ni siquiera arrepentirnos sin que el Espíritu Santo despierte nuestra conciencia, así como tampoco podemos recibir perdón de nuestros pecados sin Cristo.

 

 

2. Introducción

“Por tanto, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos … dice el Señor Jehová. Convertíos, y volveos de todas vuestras iniquidades; y no os será la iniquidad causa de ruina” Ezequiel 18:30. Esta apelación divina al cambio de actitud, costumbres e ideas del ser humano del Antiguo Testamento se constata también en el Nuevo: Hechos 17:30 “Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan”. La llamada al arrepentimiento se dirige a todos los seres humanos, sin excepción.

Cuando el Señor solicita algo del ser humano siempre coloca los medios que le facilitan su cumplimiento: “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados” Hechos 5:30, 31. Así pues, el único que puede conceder arrepentimiento y perdón es Jesucristo.

“La virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino … No podemos arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo.” El Camino a Cristo, 28.

 

 

3. Definición

“Entonces oído esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los apóstoles: Varones hermanos, qué haremos? Y Pedro les dice: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” Hechos 2:37, 38. Después de haber escuchado el discurso de Pedro los oyentes se compungieron de corazón, es decir sintieron pesar de la conducta pasada y preguntaron que podían hacer para remediar los pecados cometidos y la respuesta que recibieron fue la invitación al arrepentimiento, que implicaba dolor por hacer pecado y propósito de no pecar más.

La tristeza que se produce en el alma por el mal cometido procede de Dios, tal como se describe en 2 Corintios 7:10, 11. “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación…” pero hay otro tipo de tristeza “la tristeza del mundo produce muerte”. Para distinguir a ambas es importante conocer como se manifiesta la tristeza por el pecado, según Dios: “Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, qué solicitud produjo en vosotros, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!…”. En esta cita bíblica se expresa con toda claridad el efecto que produce un arrepentimiento humano nacido de Dios; el cambio de modo de sentir, pensar y actuar se transforma.

La Biblia nos narra un suceso ejemplar de arrepentimiento acaecido en la ciudad de Nínive. A continuación se analiza brevemente:

 

• MENSAJE:  “Levántate, y ve a Nínive, ciudad grande, y pregona contra ella; porque su maldad ha subido delante de mí” Jonás 1:2.

 

• PROCLAMACION: “Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y pregonaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” Jonás 3:4.

 

• REACCIÓN: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y pregonaron ayuno, y se vistieron de sacos … clamen a Dios fuertemente y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que está en sus manos” Jonás 3:5, 8.

 

• EFECTO: “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino…” Jonás 3:10.

Los ninivitas aceptaron el mensaje, lamentaron su comportamiento, suplicaron perdón y cambiaron de vida.

 

El principio que motiva el denunciar un mal comportamiento, siempre que éste procede de Dios se basa en el amor hacia el ser humano, pues El desea que cambie y mejore: “O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” Romanos 2:4.

“Ningún arrepentimiento que no obre una reforma es genuino. La justicia de Cristo no es un manto para cubrir pecados que no han sido confesados ni abandonados; es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta.” El Deseado de Todas las Gentes, 509.

“Arrepentirse es alejarse del yo y dirigirse a Cristo; y cuando recibamos a Cristo, para que por la fe él pueda vivir en nosotros, las obras buenas se manifestarán.” El Discurso Maestro de Jesucristo, 74.

 

 

4. Características

El arrepentimiento reúne una serie de características que es importante conocer para poder identificar el auténtico arrepentimiento:

 

1. ¿A quién se dirige?

• “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” Lucas 5:32.

 

2. ¿Quiénes son pecadores?

• “…todos están bajo pecado” Romanos 3:9.

 

3. ¿Cómo puede conocerse el pecado?

• “Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” Romanos 3:20.

 

4. ¿Quién despierta en el alma el sentido

 de pecaminosidad?

• “Y cuando él (el Consolador) venga, convencerá al mundo de pecado” Juan 16:8.

 

5. ¿Qué se preguntan los convencidos de

 pecado?

• “…qué debo hacer para ser salvo?” Hechos 16:30.

 

6. ¿Qué se produce, entonces?

• “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” Hechos 2:38.

 

7. ¿Qué produce el arrepentimiento?

• “Y que se predicase en su nombre (Jesús) el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” Lucas 24:47.

 

“Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo, decía él, debían dar evidencias de fe y arrepentimiento. En su vida, debían notarse la bondad, la honradez y la fidelidad. Debían atender a los menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los indefensos y dar un ejemplo de virtud y compasión. Así también los seguidores de Cristo darán evidencias del poder transformador del Espíritu Santo. En su vida diaria, se notarán la justicia, la misericordia y el amor de Dios.” El Deseado de Todas las Gentes, 82.

 

 

5. Referencias

En las Sagradas Escrituras se presentan diversos ejemplos de arrepentimiento verdadero y falso. A continuación se presentan algunos casos:

 

• ESAU: Arrepentimiento falso

“Que ninguno sea fornicario, o profano, como Esaú, que por una vianda vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición fue reprobado (que no halló lugar de arrepentimiento), aunque la procuró con lágrimas” Hebreos 12:16, 17.

Los rasgos distintos del carácter de Esaú se describen muy bien en la cita bíblica, así como también una de sus faltas más graves: la venta de la primogenitura. Su modo de vida y costumbres cambiaron muy poco después de su reconciliación con Jacob: “… Y Esaú tomó sus mujeres, y sus hijos, y sus hijas, y todas las personas de su casa , y sus ganados , y todas sus bestias, y toda su hacienda que había adquirido en la tierra de Canaán, y fuese a otra tierra de delante de Jacob su hermano.” Génesis 36:6. La decisión de abandonar la tierra de Canaán, evidenciaba la renuncia a ser participe del pacto de Dios hecho con Abraham: promesa de la herencia de esta tierra, promesa de ser una gran nación dirigida por Dios y ser parte de la ascendencia de Cristo.

 

• JACOB: Arrepentimiento verdadero

“… Vino tu hermano con engaño, y tomó tu bendición. Y el respondió: Bien llamaron su nombre Jacob, que ya me ha engañado dos veces…” Génesis 27:36.

Jacob engañó deliberadamente a su padre e inclusive se atrevió a usar el nombre de Dios en su mentira. Realmente, su acción fue terrible, pero su cambio fue completo, pues Dios le cambió el nombre como señal de haberse convertido en una nueva persona: “… Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y él dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has peleado con Dios y con los hombres, y has vencido” Génesis 32:27, 28.

“Esaú había menospreciado la bendición mientras parecía estar a su alcance, pero ahora que se le había escapado para siempre, deseó poseerla. Se despertó toda la fuerza de su naturaleza impetuosa y apasionada, y su dolor e ira fueron terribles. Gritó con intensa amargura: “Bendíceme también a mí, padre mío”. . .

No podía recobrar la primogenitura que había trocado tan descuidadamente. “Por una vianda”, con que satisfizo momentáneamente el apetito que nunca había reprimido, vendió Esaú su herencia; y cuando comprendió su locura, ya era tarde para recobrar la bendición. . .

Esaú no quedaba privado del derecho de buscar la gracia de Dios mediante el arrepentimiento; pero no podía encontrar medios para recobrar la primogenitura. Su dolor no provenía de que estuviese convencido de haber pecado; no deseaba reconciliarse con Dios. Se entristecía por los resultados de su pecado, no por el pecado mismo.” Patriarcas y Profetas, 179, 180.

“Jacob había sido culpable de un gran pecado en su conducta hacia Esaú; pero se había arrepentido. Su transgresión había sido perdonada, y purificado su pecado; por lo tanto, podía soportar la revelación de la presencia de Dios.” El Deseado de Todas las Gentes, 84.

 

 

6. Comentarios

“¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando, convencidas de su pecado, exclamaron: “¿Qué haremos?” La primera palabra de contestación de Pedro fue: “Arrepentíos”. Poco después, en otra ocasión, dijo: “Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 2: 38; 3: 19).

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo. No renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida.

Hay muchos que no entienden la naturaleza verdadera del arrepentimiento. Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aun se reforman exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree sufrimientos. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan la pena más bien que el pecado. Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre. Balaam, aterrorizado por el ángel que estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa por temor de perder la vida; mas no experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal. Judas Iscariote, después de traicionar a su Señor, exclamó: “¡He pecado, entregando la sangre inocente!” (S. Mateo 27: 4).

Esta confesión fue arrancada a la fuerza de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio. Las consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al santo de Israel.

Cuando Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como cesaron las plagas. Todos éstos lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el pecado mismo.

Mas cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. “La Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo” (S. Juan 1: 9), ilumina las cámaras secretas del alma y se manifiestan las cosas ocultas. La convicción se posesiona de la mente y del corazón. El pecador tiene entonces conciencia de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.

La oración de David después de su caída es una ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento era sincero y profundo. No hizo ningún esfuerzo por atenuar su crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró su oración.

David veía la enormidad de su transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía su pecado. No imploraba solamente el perdón, sino también la pureza del corazón. Deseaba tener el gozo de la santidad -ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Este era el lenguaje de su alma:

“¡Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!

¡Bienaventurado el hombre a quien Jehová no atribuye la iniquidad, cuyo espíritu no hay engaño! (Salmo 32: 1, 2)

¡Apiádate de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la muchedumbre de tus piedades, borra mis transgresiones ! . . .

Efectuar un arrepentimiento como éste, está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de Cristo, quien ascendió a lo alto y ha dado dones a los hombres.

Precisamente éste es un punto sobre el cual muchos yerran, y por esto dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados, porque solamente el corazón quebrantado y contrito es el que siente la necesidad de un Salvador. Pero, ¿debe el pecador esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador?

La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo: “¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!” (S. Mateo 11: 28). La virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino. San Pedro habla del asunto de una manera muy clara en su exposición a los israelitas, cuando dice: “A éste, Dios le ensalzó con su diestra para ser Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel, y remisión de pecados”. (Hechos 5: 31) No podemos arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo.

Cristo es la fuente de todo buen impulso. El es el único que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.

Jesús dijo: “Yo, si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos los atraeré a mí mismo” (S. Juan 12: 32). Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento.

Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contrición en el alma.

Es verdad que algunas veces los hombres se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de Cristo el que los está atrayendo. Una influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus pecados, el mandamiento despierta la conciencia. La maldad de su vida, el pecado profundamente arraigado en su alma se les revela. Comienzan a entender algo de la justicia de Cristo y exclaman “¿Qué es el pecado, para que exigiera tal sacrificio por la redención de su víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este sufrimiento, toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna?”.

El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús; un conocimiento del plan de la salvación lo guiará al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados, que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios.” El Camino a Cristo, 22-27.

 

7. Conclusiones

“Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y reforma. Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado. Se nos presenta claramente la obra que tenemos que hacer de nuestra parte: “¡Lavaos, limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad lo justo; socorred al oprimido; mantened el derecho del huérfano defended la causa de la viuda!” (Isaías 1: 16, 17) “Si el inicuo devolviere la prenda, restituyere lo robado, y anduviere en los estatutos de la vida, sin cometer iniquidad, ciertamente vivirá; no morirá” (Ezequiel 33: 15). San Pablo dice, hablando de la obra de arrepentimiento: “Pues, he aquí, esto mismo, el que fuisteis entristecidos según Dios, ¡qué solícito cuidado obró en vosotros! y qué defensa de vosotros mismos! y ¡qué indignación! y ¡qué temor! y ¡qué ardiente deseo! y ¡qué celo! y ¡qué justicia vengativa! En todo os habéis mostrado puros en este asunto” (2 Corintios 7: 11).

Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Cada vez que reconoce su maldad trata de excusar su conducta declarando que si no hubiese sido por ciertas circunstancias, no habría hecho esto o aquello, de lo que se lo reprueba.

Después de que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio solamente pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí”. La mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3: 12, 13) ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída.

El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán. Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun alzar sus ojos al cielo, exclamará: “Dios, ten misericordia de mí, pecador”, y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados, porque Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida.

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia. San Pablo no procura defenderse; pinta su pecado como es, sin intentar atenuar su culpa. Dice: “Lo cual también hice en Jerusalén, encerrando yo mismo en la cárcel a muchos de los santos habiendo recibido autorización de parte de los jefes de los sacerdotes; y cuando se les daba muerte, yo echaba mi voto contra ellos. Y castigándolos muchas veces, por todas las sinagogas, les hacia fuerza para que blasfemasen; y estando sobremanera enfurecido contra ellos, iba en persecución de ellos hasta las ciudades extranjeras”. (Hechos 26: 10, 11). Sin vacilar declara: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1: 15). 41 El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad’ (1 S. Juan 1: 9).” El Camino a Cristo, 39 – 42.

 

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